Destinatarias&Cía

Xus & Natalia

“¡¡Qué bien que vengas!!No te asustes, el sitio es de lo más underground de Barcelona”. Con esa frase, no podía dejar de ir. Al final del día más bonito del año (23 de abril, y no me avergüenzo) fuimos a las afueras de la ciudad a ver la primera actuación de Natalia y Xus con su proyecto de Destinatarias&Cía: “Ruta 1ª a la izquierda”. Llegamos a una antigua fábrica o algo parecido, con una entrada de hierro y cristal. “Aquí no sé si será…” “Pero es que la dirección es ésta”. Empujamos la puerta para subir unas escaleras algo lúgrubres. En el primer piso se escondía una especie de loft más que espacioso con una barra a la derecha y gente birreando haciendo tiempo mientras esperaban que empezara la función. Peculiar, sí, pero con una atmósfera que invitaba a quedarse. Me alegré de haber ido sólo con entrar. Una cortina negra separaba el espacio destinado a las actuaciones, con el típico linoleum de las salas de danza y sus correspondientes sillas. Los reencuentros y hablar de viejos tiempos locos en la isla  fueron un entrante a lo que vino después. No era sólo danza contemporánea; gestos; movimiento; música en directo. Era alma. Recuerdo una de las frases con las que empezó la actuación: “… liberarse de tanta idea. Vaciarse. Vivir…”

Un contrabajo empezó marcando el ritmo de los cuerpos. Le siguió la batería y el movimiento entrelazado de las dos bailarinas casi formando una sola…sincronización y sentimiento que me recordaron la primera vez que Xus vino a bucear al centro de buceo. Cuando aparté la cabeza de los chicos a los que llevaba y la miré…me la encontré bailando en el fondo. Jugando a vencer la resistencia del agua. Es cierto que en un principio pensé “Narcosis a seis metros?? Estos valencianos…” Pero en unos segundos me di cuenta de la consciencia de cada uno de sus movimientos. Y creo que en ese momento asimilé realmente que el medio que nos rodea ahí abajo es fluído.

Pero cuando fue el turno de la  guitarra… es que hasta se me olvidó que tenía la cámara (eso ya es mucho). El sonido entraba en la bailarina y se iba traduciendo en idioma muscular. En cuerpo. En expresión pura. El músico empezó a forzar el amplificador y la estridencia era cada vez mayor mientras que a ella parecía que le dolía…se sacudía, se retorcía…hasta que con un gesto del pie consiguió desconectar la guitarra y se desplomó. Un cuerpo vencido y agotado en el suelo.

Qué bueno que aún quede ese tipo de gente que cree en sus proyectos y los lleva a cabo…además, así. Quien me conozca sabrá que no me gustan los elogios sin más…en realidad, los odio porque no hay nada menos constructivo. Prefiero las críticas, buenas o malas. Con este criterio y después de unos buenos añitos bailando, puedo decir que vuestra función sí fue de aplauso… pero de uno de esos que te hacen levantar de la silla ¡¡Seguid destilando alma!!

Xus shouting

Xus acting

Face to face

Feeling

Flying

El proyecto

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Colores

Con mil cosas que contar y con muchas ganas de hacerlo… pero con poco tiempo y casi volando. Así estoy. Por eso de momento os dejo unas fotos que alguien de una isla del sur me mandó, quizás envidioso de mi haba (jejeje). Reconozco que, como a muchas otras personas, las orquídeas me fascinan…no sólo por su extrema belleza sino también y sobretodo por cómo una planta puede ser tan astuta… ¡¡Muchas gracias y que Neptuno te lo pague!! 😉

Pic by I.Osìo

Pic by I.Osìo

Pic I.Osìo

Pic by I.Osìo

Pic I.Osìo

Pic by I.Osìo

Pic I.Osìo

Pic by I.Osìo

Pic by I.Osìo

Pic by I.Osìo

Pic by I.Osìo

Pic by I.Osìo

Las habas y mi estado mental

El haba

Estábamos cenando en casa tranquilamente. Verdura. Hoy cocinó una de mis compañeras de piso… y me vi explicando la diferencia entre alubia, judía y haba para luego recibir estos mismos nombres en otros dos idiomas distintos al mío (quizás debería decir “los míos” pero es que como idioma propio solo siento uno…y no es con el que suelo escribir  en el blog… Pero ese es otro tema. Perdón por el salto cuántico).

Total, clase de verdulería e idiomas. Más sencillo, elemental, básico…imposible. Pues cojo una de las vainas que habían quedado crudas, la abro sin prestarle atención (claro) y ya estamos otra vez con ese cambio que noto en la mente: me quedo como una tonta mirando la manera en cómo la semillas están unidas a la vaina…en cómo hay una especie de vello que las protege…en cómo falta una y sólo una semilla…belleza. Puede parecer una idiotez, pero en ese momento me vuelve a pasar: NECESITO fotografiarlo. NECESITO buscarme…sí, esta vez en una verdura, sí. Dejo la conversación, “voy a buscar la cámara”, pongo la vaina abierta sobre un fondo…y ya no puedo parar. Busco ángulos, vistas, luz, perspectivas, cómo decir algo con un objeto tan cotidiano… lo grande de lo pequeño. Cuando me doy cuenta ya estoy pidiendo “Oye, me puedes dar un poco de luz con la lámpara, please?” y mi compañera de piso sin inmutarse y sin detener su conversación, me la da…sigo, sigo…click, click, click…y ellas hablando sobre algo que hace rato que ni escucho, ni oigo…es que…¿realmente están hablando? Ni me doy cuenta…no oigo nada, no veo nada, no me importa nada…y me meto en ese estado raro al que cada vez me habitúo más; en él me siento mejor. Cuando me doy cuenta de que en realidad estoy disparando a una haba mientras le pido a una amiga que mueva una lámpara de aquí para allá sobre ese trozo de cena…levanto la cabeza. Las miro y realmente me doy cuenta de cuánto se han acostumbrado ya a este comportamiento mío. Lo asumen como algo más habitual incluso de lo que yo lo siento… seguían con su conversación. Una des del sofá, la otra con la lámpara en la mano…y les digo: “Me acabo de dar cuenta de que estoy aquí haciendo fotos a un haba…decidme que estoy fatal porfavor…¡madre mía qué loca estoy!” Ellas me miran riéndose y siguen con su conversación.

Lo que ella me dijo

Ahora pensaba en una chica rubia de ojos claros que conozco…La misma que cuando era pequeña, harta de los comentarios de “ay pero qué mona” y sabiendo que no lo era, que de mona nada, decidió ser negra. La película “Tomates verdes fritos” la impresionó tanto que lo tuvo clarísimo…y no dudaba en responder, cada vez que le preguntaban “¿Tú qué quieres ser de mayor?” “Negra, yo quiero ser negra”. Y se iba a jugar a los ladrones o a Indiana Jones con sus amigos. Creció. Se sorprendió al ver que gustaba…pero que cada vez era más común esa mirada de “Ahí va otra rubia mona”. Me contaba que se sentía con la necesidad de estar continuamente demostrando que tenía cerebro, que tenía acción, que tenía pasión. Continuamente. Para ir viendo como la gente se olvidaba de la idea que se habían hecho de ella la primera vez que la vieron. Y oír eso de “Uy, yo no pensaba que fueras así!” Demostrando, demostrando, demostrando. Estudió, trabajó… Hasta su madre le decía “Mira, la vecina del cuarto me ha dicho que no te imaginaba haciendo este trabajo, con lo fina que pareces…y yo le he dicho que no conocen a mi hija…” Sí, porque era bastante desastre, bastante bruta, bastante loca y se iba dando cuenta de que también, quizás, bastante capaz. A pesar de su pelo claro. A pesar de sus ojos claros.

Y se cansó. Me confesó que estaba harta de esforzarse para romper prejucios. Estaba hasta los huevos (con perdón, pero es que me dijo eso). Que ella era ella, y punto. Que no tenía por qué ser más marimacho de lo que era, ni más guapa, ni más fea, ni más morena, ni más negra, ni más lista, ni más valiente…que quería ser ella. Rubia y con los ojos claros. Y punto. Que es lo que hay. Y que sí, que piensa. Que siente. Que aguanta. Que puede mantener la sonrisa cuando se cae. Que si alguien la deja hecha polvo sigue andando con ganas. Que no se va a desmayar. Que si la vida la putea, sigue palante. Que se lanza. Que no le importa ensuciarse hasta las cejas si es necesario o si le da la gana. Que tiene fuerza. Que le dan lo mismo los rasguños, romperse la cabeza, la celulitis y lo que comen las tías buenas, lo que viste la gente  o lo que dicen muchos de los demás. Podría importarle y también estaría bien…pero es que resulta que le da exactamente igual. Y le cansa esa cara de sorpresa cuando alguien ve que realmente es así y ese “ En serio?? Mira que eres rara…”. Pues sí, en serio. Eso me ha dicho. La estoy empezando a conocer bien y a darla a conocer con orgullo…para quien quiera saber realmente quien es. Para quien quiera quererla. Para quien quiera odiarla. Para quien se quede igual. Pero también y sobretodo para cuando alguien sólo vea el color del pelo y el mira-que-niña-más-mona; para cuando no guste o quizás no guste lo suficiente, ayudarla a decir “¡C’est la vie!” (obviaré el “Que les den” por esta vez) y seguir a lo suyo. También me ha dicho que mandara desde aquí a todo aquél que no se quedó con el envoltorio o que sencillamente lo obvió, unas muy sinceras “¡gracias!”.

Lo que dicen en la calle

La ola y la contraola

A mí me parece que pone ola

Me ha vuelto a pasar… ese arranque de “mecag….” cuando ves que el miedo te estaba parando pero estás harto de él. Y no lo piensas y te tiras. Hace un par de semanas este efecto me empujó a hacer una acrobacia que hacía dos años que intentaba y parecía imposible. Hoy, he subido y bajado toda la ola de asfalto. La habíamos descubierto hace ya unos meses pero frente al “Vinga, Laura, a tota llet i amunt” (“Venga, Laura, a toda leche y para arriba”) y con tres días de skate… la clavada en el canto y la caída de espaldas, ni la cuento. No me había atrevido a intentarlo más veces, pero hoy me salió otra vez esa rabia nueva. Así que con un “a tomar por saco” le he empezado a dar al pie con todas mis fuerzas. Esta vez tenía en la cabeza lo que intenta enseñarme alguien con años de deslizamiento en sus pies, en su alma (querido maestro yedai, eskerrik asko!!). Quizás fueron “Los amos de Dogtown” lo que me inspiró (la escena en la piscina vacía al final….ayayaaaaay!!!). Quizás no. Quizás es que estoy cada vez más harta del miedo…el caso es que he bajado y subido, bajado y subido….y ya no podía parar. Para ver ese graffiti desdibujado entre las ruedas que parece decir “ola” si lo pasas rápido y casi sin mirar. Subir, bajar, subir, bajar… de momento, despacito. Hasta que se ha hecho de noche y acordándome de que las niñas no deben andar sueltas en un aparcamiento a ciertas horas, he ido a saludar al mar. En ese lado de la playa donde están las pequeñas barcas sobre la arena, me he quedado mirando el agua y de repente no he podido evitar abrir los brazos y gritarle “t’estimoooo!!” al enorme gran azul. Creo que se ha estremecido. Un viejecito sentado en una de las barcas reparando sus redes, un buen hombre con todo el aire de viejo pescador retirado, me ha mirado de reojo… y, afirmando con la cabeza, sonrió sin querer.

La ola

La contraola

Breathe

Guajo el mar

Una amiga me contó su experiencia en una locura llamada “rebirthing”. La historia se basa en el supuesto trauma que nos genera la primera bocanada de aire que damos al nacer. Los pulmones se abren en un doloroso segundo. Respirar… me hizo recordar algo que nos sucedió durante un muestreo en las Baleares este verano.

Teníamos que clavar unos tubos de pvc en el entramado de raíces y rizomas que se forma bajo las praderas de Posidonia oceanica (una de las plantas marinas más emblemáticas de los fondos mediterráneos por su gran valor ecológico). Pues ahí estábamos, metiendo esos cilindros de metro y medio en un montón de fibras submarinas compactadas. Nos ayudábamos de un palo metálico atravesando el tubo por dos agujeros que le habíamos hecho en la parte superior. Un invento en forma de T. Cogíamos los mangos, presionábamos con fuerza y al mismo tiempo lo rotábamos. Así conseguíamos penetrar en la mata hasta extraer el cilindro lleno de muestra. Nos turnábamos para descansar…era el momento de mi compañero de trabajo. Al parecer, hizo tanta fuerza con el tubo que se olvidó de respirar, algo habitual cuando hacemos esfuerzo. Es eso de “ññññaaaaaaaa!!!!”. Yo esperaba mi turno de cerca. De repente paró, me miró y me dí cuenta de que algo iba mal. Las burbujas de su regulador salían sin descanso; estaba respirando sin parar. Cuando no exhalamos, el CO2 que se genera durante la respiración se queda en nuestros pulmones y si sucede de manera prolongada, pasa a la sangre, donde se va acumulando. Llega un momento en que nuestro cerebro percibe esa elevada concentración de CO2 en sangre como una señal de “me estoy ahogando”. Aunque después hayas seguido respirando. El resultado es una especie de asma: ciclos de inspiración y expiración muy cortos y continuos. Mi buddy tenía la cara desencajada y lo único que yo podía hacer era tomar el mando de la situación para empezar un ascenso controlado. Le cogí de las manos, le miré de frente y con un pacto silencioso empezábamos a subir. Volví a notar esa sensación tan repetida durante mis años en el centro de buceo cuando algo con alguien andaba mal: en cuanto te aseguras de que el pánico no es tanto como para no poderte acercar; en cuanto estableces un contacto físico y miras a los ojos de la persona pretendiendo transimitir un “todobajocontrol” (aunque en realidad estés pensando “ay madre!!!”); el otro se abandona…y, para bien o para mal, está en tus manos.

En dos minutos, mi compañero de trabajo respiraba con normalidad y pudimos incluso hacer la parada de seguridad antes de llegar a la superficie. Una vez en el barco, nuestro jefe nos contó que a él también le pasó hace años durante sus muestreos de la tesis, cuando aún era normal bucear solo. Pero él no tuvo más remedio que aguantar ese estado de paranoia respiratoria durante 15 minutos.  Sin compañero. Lo que me recordó una frase que un amigo me dijo haber leído en una camiseta de un centro de buceo en Playa del Carmen: “Todavía recuerdo cuando el buceo era considerado peligroso y el sexo seguro”. Tanto en el caso de mi jefe como en el de mi compañero de trabajo, tuvimos y tuvieron suerte de las horas de agua que llevaban sobre sus espaldas. Pero no quiero ni pensar lo que puede conllevar esta misma situación para alguien con menos experiencia. Así que he querido recordar a cualquier buceador que se pasee por esta entrada; a cualquier persona que trabaje bajo el agua y tope con este texto; a todo aquél que a menudo le parezca ahogarse y quiera salir gritando, que no deje de respirar. Sin prisa pero sin pausa. Una medicina a la que podemos alacanzar con solo pensarlo.