Cuando la costumbre infantil de preguntar “por qué” se te incrusta

Una mañana cualquiera: “¿Tú cuando compensas oyes un silbido?” “No…¿tú lo oyes?” “Sí, hace ya un tiempo. Me duele”. “Pues deberías ir al médico”.

El tímpano, una fina membrana que comunica el canal auditivo externo con el oído medio. Que está entre la parte de fuera del oído y la de dentro, vamos. Al final, una gran fragilidad invisible que se hace claramente presente en cada inmersión. Nuestro punto más sensible puede convertirse, si se daña, en lo que nos arranca del fondo: a medida que nos sumergimos, la columna de agua ejerce más y más presión sobre nuestro cuerpo. Cuando este agua  entra dentro del oído, el tímpano recibe esa presión creciente y se va curvando hacia dentro. Lo notamos cuando duele. La solución es lo que llamamos “compensación”: te tapas la nariz  y expulsas aire por ella, de modo que estás mandando ese mismo aire por el interior del oído…hasta que llega al tímpano. Así, la membrana curvada se ve empujada de nuevo hacia afuera, recupera su posición original et voilà. Problema resuelto. Peeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeero puede no ser tan fácil. Pueden aparecer pequeñas grietas si no se hace de modo correcto. Y sí, para los más gores puedo asegurar  que si no se compensa, sea por el motivo que sea, el tímpano revienta.

Tres días más tarde: “Me han encontrado un pequeño agujero en el tímpano”. “¿Y qué te han dicho?” “Al principio, que no buceara en un mes y me pusiera gotas. Cuando ha visto mi desesperación al decirle que trabajo bajo el agua…me ha contestado que bueno, que entonces podía bucear pero con tapones. ¡Pero si no se puede compensar con tapones!”. “Espero que no vuelvas más a ese médico”.

Una semana más tarde: “He vuelto al médico”. “¿Y qué te ha dicho?” “Que el agujero es muy pequeño en realidad y que si es totalmente necesario puedo bucear. Además dice que con el agujero el agua podrá entrar dentro del oído y así no necesitaré compensar…” “Claro, claro… Se le olvidó el pequeño detalle de que los humanos tenemos dos tímpanos y no uno. Qué bien…tú no compenses, así uno se te pone en su lugar solito y el otro sencillamente se va a tomar por saco”. ” Le he dicho que yo me ponía las gotas, pero que él se fuera a tomar un café”.

Si eres un médico de cabecera, supongo que no tienes por qué saber los entresijos del oído y el buceo. Pero si resulta que eres un otorrino, como era el caso, quizás va a ser que eres un especialista y tendrías que conocer mínimamente como funciona el tema. Aunque no confíe mucho en los médicos, no me atrevo a criticarles  desde que uno de ellos, directo y con poco tacto, me dio un poco de sufrimiento sin miramientos a cambio de salvarme a tiempo. Ok, gracias. Aunque también es cierto que hay ciertas partes de nuestro cuerpo que a veces duelen y ellos no saben decir por qué. Por eso, cuando voy a una consulta exijo una explicación clara de lo que ocurre. Y si es necesario, lo discuto, pregunto más, intento comprenderlo, no evito contradecirlo. Siempre con el punto y final puesto por la disculpa de mi antigua acompañante incondicional (“No, perdónela, es que es bióloga…”). Por eso digo que yo, al médico, prefiero ir sola. Prefiero escuchar y usar el sentido común. Prefiero ceder si en algo no tengo ni puñetera idea, pero pedir que haga el favor de escucharme si sé de qué está hablando.

Le dije al buceador en cuestión que escribiría lo que le pasó en el blog. Me dijo que no lo hiciera. Pero lo siento, tengo que hacerlo… Para que los buceadores cuidemos nuestros oídos como si fueran el aire que respiramos. Para animar a cualquiera que lea esto a escuchar de verdad los mensajes que recibimos de nuestro entorno. Para indignar a algunos. Para divertir a otros. Para acordarme de que no hay nada incuestionable. Para, sobretodo y antes que nada, no olvidar que hay que aprender y aprender para luego poder ir pensando por uno mismo. Con humildad y sensatez.

He oído decir que a fuerza de compensar y compensar  el tímpano se endurece…y que por eso los buceadores acabamos medio sordos. No sé si es cierto o no, pero a veces creo que quizás sería mejor porque, como dice mi abuelo, “para lo que hay que oír”…

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