Por aquí, hace unas semanas…

Ya había ido por la mañana donde me dijiste. Duré poco en el agua: estaba sola y después de un rato no me hizo gracia que, cada vez que me daba la vuelta para remontar, me saludaran unos palos de hierro clavados en la arena. No había podido cumplir mi cometido número dos, hacer fotos, porque la supuesta cala no sé en qué momento de la historia se había convertido en una delgada franja de arena. Imposible dejar la cámara. El parking tampoco es lo que era y el coche estaba como a tomar por saco. Así que volví a “casa” a comer.

Dos horas de ametralladora con balas de si-no-te-centras-no-llegarás-a-ningún-sitio me bastaron para volver a irme. Todo porque resulta que a uno no le da la puñetera gana de seguir la cuadrícula. Esta vez, bañito bastante ventado y al salir he querido cumplir con mi segundo cometido. Justo al llevarme la cámara a los ojos por primera vez me he preguntado si de tanto buscar en el agua no me habría olvidado de sacar fotos con los pies en la tierra. Ay… qué poco se han coordinado mente y carcasa hoy! Una ya en el agua y la otra en casa.

La verdad es que no me apetecía robar imágenes a los que iban deslizándose delante de mí. Me he preguntado por qué y la  repuesta ha sido rápida:  estaba cohibida una vez más por ver cómo se quiere convertir esto en una nueva California. Pero de chicle. Muchas veces me da la sensación de que en lugar de aceptar lo que tenemos tal y como es, se pretende disfrazarlo. Si es que está claro: que cada uno haga lo que quiera y para gustos, colores. Pero a mí, así me cuesta fluir. He vuelto a pensar que quiero más “vengo a disfrutar de esto” y menos “vengo a enseñarte lo que hago”. Quiero que llegue el frío y la lluvia. Y definitivamente, claro está, quiero más chicas en el agua. De modo que, como por instinto, la cámara se ha ido hacia los que me parecía que sencillamente disfrutaban de una tarde a la marinera. Una mujer que paseaba el perro. Un hombre que no paraba de tirarse de cabeza contra las olas que rompían en la orilla. Unas chicas tomando el sol y bebiendo vino. Un chico enseñando surf a un niño. El chaval pilló una ola y se descojonaba.

El viento no para… y yo sin poder dejar de desear un huracán que se lleve tanta marca y nos traiga más alma.

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