La historia de mil mujeres

Una estudiante de una especiada tierra africana me trajo tu misma mirada: inquieta, aunque quisieras evitarlo. A esa chica, también tan sofocadamente dependiente de mí, no me acerqué tanto. Pero desde que  tu mirada volvió a aparecer así en este rincón de cuatro casas y mar reposado con intermitencias; desde ese momento…he intentado hablar de ti pero las palabras se me atragantaban. Ahora puedo.

Sí, me enfadaba mucho contigo sin tratar de disimularlo. No podía entender por qué no te atrevías a dar dos pasos sin mí. Me respondías con una expresión resignada y un “Tu as raison. Mais je suis faite comme ça” (“Tienes razón. Pero yo estoy hecha así”). Aunque lo dijeras mirando al suelo, no conseguiste ocultarme que sí querías andar por ti misma, pero no podías. Quizás  eran las palabras que alguien te había repetido desde niña. Quizás él. Quizás tu miedo… ¿a qué? Y yo intentaba empujarte hacia una independencia que sólo con intuir te aterraba. Siempre me quedará la duda de si, al hacerlo, me equivoqué.

Sí me enfadaba, sí… cuando te veía dejar de comer, de dormir, de vivir. Cuando iba viendo cómo la tristeza se te aferraba como una sombra. Todo, por él. Aunque en esos días fuera sólo una voz amenazante llena de rabia al otro lado del teléfono, a cientos de kilómetros. Yo sabía cómo alguien emborrachado de celos podía llegar a quebrar una alma y no quería que fuera la tuya. Tan transparente. Tan frágil. Tú, le disculpabas. Y las dos sabíamos que ante esa voz no podías fingir indiferencia, dureza, firmeza…él, tu miedo, lo olía. Y yo, viendo todo esto en directo y no por primera vez, me desesperaba.

Volviste a tu especiada tierra africana. Al cabo de unos meses te seguí, reemprendimos el trabajo y entonces fuiste tú quien me arropaste, resguardándome con tu calor de una lluvia de gritos. También compartimos horas de conversación. Me dijiste que lo habías dejado, que querías andar sola… y fui viendo cómo se había ido trenzando un fino hilo entre tu educación y la mía, entre tu cultura y la mía. Te oía llamarme “amiga” con un suave matiz de orgullo en la voz.

Volvía a mis cuatro casas y mi mar reposado con intermitencias. Pero la inquietud llegó de nuevo cuando al cabo de un par de meses me dijiste que habías dejado los estudios y que te casabas. “¿Pero…ahora qué harás?” “No sé, ya veré…” “Es con otro, ¿no?” “Sí” “¿Eres feliz?” Tardaste demasiado en contestar que sí. Me negué a ir a tu boda y no me corté en reconocer que a mi cámara, obsesionada y hambrienta de imágenes nuevas, le tentaban esos tres días de celebración. Pero te confesé que sentía una rabia dentro, un hormigueo extraño, que sabía que no podría contener. Casi noté tu sonrisa dulce al otro lado del chat. Y te casaste.

Pasaron unos meses de silencio. Tu antiguo tutor de estudios me preguntó por ti. No supe qué contestar. “Esa chica me quitó el sueño… qué realidad tan difícil la de las mujeres de mi país. Ya rozaba los treinta y la han casado”. Mientras hablaba, veía latir mi impotencia en las paredes de la habitación.

Pasaron más meses. Decidí escribirte. No hubo respuesta. Desde entonces, una vez al mes, mis historias, inquietudes y preguntas se ven reflejadas en cartas digitales que se pierden vete a saber dónde. Desde entonces, te has convertido en un vacío. Y algo se me ensombrece dentro. Fatima, Soumia, Sana, Aisha, Fatiha… ¿dónde estás?

2 pensamientos en “La historia de mil mujeres

    • Bai… lo que me da rabia también pensar es que cualquiera de esas chicas podría haber sido yo, si hubiera nacido en otro lugar distinto. Por eso siento a veces el compromiso de hacer algo por llevar esa suerte de estar aquí a buen puerto. MZ!!

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