Martín

En algún momento, todos acabamos por decir: “Bah, si al final…el último día del año es un día cualquiera”. Aún así, no podemos evitar mirar atrás y recorrer al año anterior; valorar y por qué no, buscar vivir de otro modo las últimas horas de lo que está ya casi caducado. Quién iba a decir a dos buscadores de momentos que lo que iba a dar un sentido distinto al final de este año impar sería una decisión totalmente trivial y tomada un poco porque sí.

Estaba claro, ese año querían acabarlo juntos pero en realidad daba igual dónde y cómo. Intentarían cuidar esas últimas horas, sí…pero quizás se tratara sólo de estar atento y dejar fluir. Quien les iba a decir que en ese paseo por el monte, en esa decisión tomada sin pensar mucho, en ese “venga, no damos la vuelta, seguimos hasta la cima y vemos la ermita”, iban  a encontrar el calor de los momentos en que todo encaja tan bien que parece imposible.  Subieron a la ermita, dejaron el coche, capturaron imágenes que habían estado allí año tras año, contemplaron el mar, enorme y presente, a lo lejos; uno fotografió flores que le parecieron de verdad sin serlo; otra se subió a un árbol… y volvieron al coche.

Fue poner la llave en el contacto y… “Espera, ahí hay un perrito”. Era tan pequeño como para poder caber en dos manos, con unos ojos  inquietos que parecían haber estado buscando muchas horas sin encontrar. Quizás, días. “Está lleno de espinas… y muy delgado”. “Parece asustado”. Le dieron de comer, de beber, le hablaron y el rabo empezó a relajarse, saliendo de entre las patas. No lo podían dejar allí y fueron al encuentro de la supuesta casa de la que se había perdido. “Vamos a preguntar al pueblo”. Lo subieron al coche, él lo arropó y ella se lo puso en el regazo. El perro se perdía en lametazos de agradecimiento.

Deshicieron el camino que antes habían recorrido… hasta encontrar un cartel indicando el principio de una senda hacia una masía (caserío). “Vamos, a ver si pueden guiarnos”.  Un perro atado anunció su llegada a ladridos mientras tres niños, un abuelo y un padre salieron a su encuentro. Sólo hicieron falta las palabras mínimas con las que la buena gente se reconoce. Y las palabras del abuelo les hicieron empezar a pensar que no se habían equivocado: “Lo habrán abandonado…la gente capaz de hacer algo así no se merece recorrer ni la mitad del camino al cielo”.

Un par de llamadas confirmaron lo que el desamparo del perro ya venía dejando intuir: no pertenecía a ninguna de las casas de la zona. Mientras seguía en el regazo, satisfecho y gimiendo a ratos, siguieron hablando de cómo iban a lidiar con él y con la gata que esperaba en casa. Ya empezaban a adivinar las arrugas que aparecerían en algún rincón de su alma cuando lo tuvieran que llevar a la Protectora de Animales… y llegó la pregunta: “ Si vivís aquí todo el año, ¿no os lo podríais quedar vosotros?” El padre se rió. El perro, como si lo hubiera entendido, saltó del regazo al suelo y los niños ya reían, jugaban, le acariciaban. Aparecieron tres niños más, un padre y dos abuelas. Y ese pequeño ser, al que en apenas media hora habían bautizado como Martín, había encontrado entre saltos, cuidados y risas, un hogar.

Al llegar al final de la senda de  camino a casa, los dos buscadores se quedaron con la sensación de que aunque muchas veces las historias no tienen un final feliz, pueden tenerlo. Y les pareció un buen motivo para acabar y empezar un año dejando de lado las sombras del “esto pinta mal”, creyendo que todo puede llegar a buen puerto si se intenta y apostando porque pueda ser que las casualidades no existan.

Fotos: Kukurusta

Text: Saltdrop

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