A contracorriente

Corrió a la playa. Se sentó sin saber por qué. Miró al agua como siempre. Respiró a pesar del bloqueo. Cogió el móvil como un autómata. Mandó un sms de grito. Marcó un número.

“Estoy metida en un gran “NO”… y no sé por qué te llamo. Sólo sé que no puedo ni pensar”.

“Ven a casa…en  dos minutos tienes un plato de pasta encima de la mesa”.

” Vengo”.

“Esto está buenísimo!!”

“¿Sabes? Justo ayer debajo del agua pensaba que la vida a veces es como estar buceando y encontrarte con una corriente. No tiene sentido entonces aletear contra ella hasta agotar tus fuerzas, dejarte la piel. Lo mejor es respirar, aletear con movimientos pausados, quizás ayudarte a avanzar sujetándote en alguna roca o cualquier soporte que puedas encontrar por el camino… Cuando, con calma y perseverancia, consigues salir de la corriente,  es el buen momento para aletear con todas tus fuerzas, todo lo que quieras y con ganas. Aprovechar que está el agua a tu favor para avanzar. Corriente y calma, corriente y calma. Así es… tú sólo aguanta ahí un poco. Oye, tengo una maldición con los manómetros, es el segundo en el que me entra agua en estos últimos meses. ¿No puedes escribir sobre eso en tu blog, mejor?”

A ti y a los que cuando nado a contracorriente me dais un soporte para seguir aleteando… GRACIAS.

Ella

Marta volvió a comprobar el poder de la palabra cuando le pusieron nombre a lo que ya habían observado. Marta ya sabía que esa mujer tan cercana se olvidaba a menudo de su nombre. Se le olvidaba la comida descongelándose en el mármol de la cocina durante días.  Se le olvidaban las caras, las pastillas que tenía que darle al abuelo. Se le olvidaba de que para andar, hay que levantar un pie del suelo y luego el otro. Se le olvidaba.

Todo eso, Marta ya lo sabía…pero cuando el médico le dijo la palabra “Alzheimer”, se volvió más crudo. Una palabra anunciando que la persona que esa mujer había sido, se iba a ir diluyendo en un gran interrogante. Ella, que siempre había cogido las riendas todas las veces que Marta, por pequeña, inconsciente y bruta, se rompía algo. Ella, que le contaba mil historias de un pueblo de Castilla, donde el cura le había enseñado a escribir encima de las piedras porque no podían comprar papel. Ella, que cuando le dejaban a su cuidado a una Marta que no podía dormir, pretendía que lo consiguiera enseñándole el Ave María, aunque nunca lograra que lo aprendiera. Ella, que cuando Marta le preguntaba hasta la saciedad cómo era la vida antes, cuando con 14 años se fue a servir a la ciudad, le describía con alegría unos tiempos ya ajados.

Era ella la que le preparaba chocolate para desayunar. La que accedía a contarle el cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones por milésima vez. La que se reía agitando los hombros cuando Marta la abrazaba tan fuerte que lograba levantarla del suelo. La que todos los domingos le daba 1000 pesetas para que fuera al cine.  La que hacía esquejes de los geranios y delantales de las cortinas viejas. La que le quería enseñar a hacer punto, aunque Marta nunca aprendiera y el único interés que veía en esas gordas agujas era el de contentarla. Era  ella a la que le oyó susurrar a ese chico “Por favor, cuídamela”.  Era ella quien le preguntaba cuando iba a salir del agua y trabajar en algo normal. Era ella la que se resignaba diciendo: “Bueno, pues si te empeñas en hacerlo, no te metas por lo hondo”. Era ella la que le explicó la magia del cambio de fase cuando Marta vivió su primer invierno nevado y observó horrorizada cómo la nieve que había puesto al lado de la estufa “para que no tuviera frío”, se volvía agua.

Y ahora Marta piensa que quizás este texto sea sólo una manera de pretender convertir en perenne lo que ella fue y que poco a poco irá palideciendo.