Home sweet home…

Un mes casi mutando en dos y no había llenado el espacio. No era cuestión de las cuatro paredes, sino de que nada de mí corría en el aire.

Una casa, un espacio propio es mucho más que unos cuantos metros cuadrados, el propio lugar donde parar y dormir. Son paredes goteantes de recuerdos, tapices de pisadas con distinto caminar pero todas con una intención: llegar ahí, llegar a casa.

El rincón donde dejas la ropa al meterte en la cama. El momento en que decides parar un rato después de comer. El trozo de pintura de la pared en la que se quedó grabado un murmullo en tu oreja. La forma de tu cabeza en la almohada. Tus evocaciones de papel. Así, sí vas llenando el espacio.

De repente, quise hacerlo. Dejar de huir y tener un espacio llamado casa. Mía… de momento. Pero mía. Ojalá que algún día mute en un hogar en el que también recortaré un trozo de espacio en el aire para ponerme dentro mientras recortas el tuyo. Un hogar. Pero de momento, quiero llenar de algo palpitantemente mío ese lugar en el que llego al final de cada día… si es que no me dejo perder en el tuyo.

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