El sur del sur

Me ibas desgranando los kilómetros… Construí un castillo de naipes sola, bajo mis pies. Y cuando voló, el verdor de raíz me salvó de nuevo.

Me ibas deshojando los recuerdos… Mi mente me daba patadas, como bebé en el útero. Y hasta que le di a luz, la Naturaleza en carne viva me salvó de nuevo.

Me ibas señalando y de los dedos se te caían sueños… Intentaba hablarte desde lo profundo con palabras que se me atragantaban. Y el aire escupiendo tinta roja me salvó de nuevo.

Creo que fue por eso que me encontraste, embelesada y con la mirada desnuda, en el sur de Chile.

Detrás de este planeta


Busqué en tu pupila y no vi más que la certeza de un brillo.  Algo demasiado lejano; incomprensible para mí; distorsionado por un prisma extraño. Y un aire frío me recorrió la espalda.

“Rojas, las tiene rojas”, decías. Y me aguantabas la mano con fuerza.

¿Qué es lo que te hará temblar, buscar, estremecerte, relajarte, vibrar, reír, llorar? Emociones escondidas tras una lente de retina con forma desconocida. Estrepitosamente distinta a la mía, a la mayoría, al resto… con un mundo único, tuyo, propio y aparentemente ajeno a este planeta.

Detrás. Detrás de una pupila negra como otros millones de ellas… ahí se esconde una verdad: la tuya.

“ María es autista. Le gustan mucho los relojes, el brillo…”

“Parece que esta vez le gustaron mis uñas rojas”.

“ Sí, sí… Pero no tengas miedo. Si vino a ti es porque, en realidad, lo que le gustó fuiste tú”.

Y ahora no puedo dejar de preguntarme si no serán mis percepciones las que estén equivocadas y tú estés en lo cierto… si en realidad no se reducirá todo a brillos y colores. No puedo dejar de preguntarme si no será que el resto no es nada más que una gran mentira que nuestra mente, vulgarmente entrenada y caprichosa, se inventó hace siglos.

Detrás de tu pupila negra…¿qué se esconderá detrás?

Se añora y se quiere; se conoce y se teme…

Pocas horas de navegación en tu columna vertebral de madera me hicieron falta para darme cuenta de que, en realidad, mis propósitos eran demasiado elevados. Crujiendo en un tambaleo constante, me hiciste ver que en tu reino, escribir, editar algún video, leer un rato o incluso cambiarle la batería a la cámara podían ser hazañas imposibles.

En algún lugar entre la tela de tus velas me encontraste, con esa parte de mi que en realidad ya andaba buscándote. De una bofetada de aliento de gasoil me dijiste “Nena, aquí mando yo”. Me redujiste a lo esencial, a lo fácil… y las horas se sucedían con la misma cadencia, con la misma monotonía de viento, olas, lluvia y  sol. Con el mismo malestar extraño de los primeros días, la misma tensión para no caer a cada paso.

En las supuestas horas de sueño tus sacudidas seguían recordando que había que seguir sintiéndote sin bajar la guardia.Y, a pesar del tiempo que sobraba para pensar en mil gilipolleces, tú me recordabas que ahí cualquier pensamiento que no fuera el de seguir avanzando, aguantado un minuto más, era en vano.

De modo que tuve que rendirme ante tus ojos negros… para mecerme y consolarme a ratos, a tantos ratos…