Matanzas

HAY UN LUGAR EN LA COSTA CHILENA AL QUE LLAMAN MATANZAS, a cuatro horas al sur de mi adorado Valparaíso. Un pueblo de pescadores amable, un mar vivo. Ese nombre, que parece que contradiga el espacio donde nació, puede que se refiera a la carne del mercado vacuno, un negocio que floreció en la época colonial. Puede… aunque yo apostaría porque ese lugar aún encierra sangre de miles de ballenas.

Estrellas abusando de un cielo negro que escuchaban algún lamento. Miradas que buscaba y si llegaban, lo hacían vacías. Palabras honestas, oídos que escuchan con una amistad que dejaba una muesca más en un tronco de un árbol que no quiere caerse. Una isla con leones marinos a los que nunca me acerqué. Dunas y arena…mucha arena. Recorrida con pies descalzos en un verano que me había llegado escapando del invierno. Soledad como una huída, forzada, sin quererla. No entender nada a ratos, saberlo todo a ratos. Paz fuera, truenos dentro. A ratos. No me voy a engañar…eso fue para mí Matanzas.

Minutos extraños

CUANDO EN UN RELOJ DIGITAL DE LOS OCHENTA UN MINUTO PASÓ A OTRO CON UN TACK, la vida empezó a escribirse en letras fosforescentes, como de neón. Y yo sin saber leer ni una sola palabra.

Todo empezó a moverse rápido, a girar rápido. Y me quedé quieta, muy quieta… porque quizás así la vida se callaría un rato y el mundo se pararía un rato. Me lo pregunté todo, me lo replanteé todo. Desparrame de ideas, desparrrame de emociones, desparrame de idas y venidas, desparrame de planes, desparrame de cosas y cajas, desparrame de sentimientos. Un auténtico desparrame. Se me empezó a poner la piel de gallina. Las vértebras me crujieron. Me dio miedo y por primera vez no me avergoncé en reconocerlo.

Últimamente, la línea que separa la felicidad y la tristeza se vuelve jodidamente fina. Tengo miedo…

… y despierto. Contra más abro los ojos, más duele… y más despierto.