Tenerife

UN CAFÉ DE AQUELLOS DÍAS EXTRAÑOS. Una terraza en una plaza de Gracia. Una marca de rueda de bicicleta en tus pantalones blancos. Tu cabello a medio rapar. Un “hace demasiado que no nos veíamos”. Un “no puede ser, a partir de ahora vamos a vernos más”. Un saber que era mentira. Sólo eso bastó para que me convencieras de que la fragilidad es buena… de que nos hace cercanos, nos hace humanos. Una fragilidad que quise mirar de frente. Y no me salía el llanto.

Decidí volar a una isla de ritmo absorvente donde el clima me reconoce. Donde puedo decir sin que suene incoherente que vale la pena vivir sencillo. Delante de mí, un océano de calma a pedazos, un césped, ocho palmeras, un porche de cuatro columnas de madera. El aire rojo y azul, que no dice nada. Conexión y fluir de luces que se reconocen. Paz. Creo que necesitaba esto.

Quise sin querer llenar tu pantalla con una prosa de versos flotantes que ahora quiero convertir en algo tan vanal como un diario. Para que quede marcado en algún sitio cómo va siendo llenar de verano mi invierno. Chapurreado, inevitablemente, de mis absurdos desvaríos. Porque hay cosas que nunca cambian.

Empezaré con un madrugón a medias y unas olas que de momento observé desde fuera, huyendo de conversaciones ajenas sin conseguirlo, en la Playa de las Américas, en Tenerife.

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