Un espacio en la mente / A space in the mind

[CAS]Hace exactamente un mes y 20 días que cruzamos un muro invisible, flexible y absorbente que separaba los pastos de la selva costarricense. Y se nos tragó. Andamos esquivando raíces, fango, insectos, millones de sonidos ante los que al final uno se abandona. “Que salga lo que tenga que salir”. No sé si sería el olor denso, dulzón, a fruta pasada; el verdor que por mucho que miraras hacia arriba, no se acababa; la dificultad del cerebro por procesar tanta visión de vida… no sé si sería que los sentidos estaban saturados de tanto notar. Pero en ese camino me sentía como si aquella mañana hubiera sido de puro rock&roll. Totalmente colocada.  Fue en ese estado cuando despertó una sensibilidad escondida que nos hacía saber que “ahí hay algo”. Y un grupo de monos cruzan veloces el camino de rama en rama.

Cruzamos el río. La lluvia se mezcla con nuestro sudor. Llegamos a un claro y te encontramos, en medio del bosque primario. En una casa de madera construida como tú: en equilibrio, afincándose con seguridad en la tierra. “Habéis llegado hasta aquí solos? Sois valientes”.

Alfredo decidió seguir un sueño y hace treinta años abandonó su vida de músico en San José. Su sueño estaba inmortalizado en el comedor de su casa en la ciudad, en un cuadro donde alguien dibujó una cabaña en medio del bosque. Él se fue a la selva y construyó su hogar en algún lugar a una hora andando a través del bosque primario hasta el primer pueblo. La casa es más o menos autosostenible… y lo que no se consigue del bosque, hay que acarrearlo andando. Para acompañar su deseada soledad, construyó un templo a sus dioses… Led Zeppelin, Rolling Stones, The Beatles… Muchos de los pósters autografiados que cubrían la habitación, podrían darle dinero para vivir años.  Pero ahí eran necesarios… junto con el transistor de 12 voltios desde donde le mostraste a la selva que ese era tu ritmo. Que ahí, te quedabas.

“Quedaros y compartimos”, nos dijiste. “No hemos traído nada…” “ Y, ¿qué necesitas?” Me di cuenta de que no necesitaba nada… y ahí, nos quedamos.

Compartimos horas de conversación, una cascada, energía, consejos de equilibrio y armonía, rock de los 70, rayos violeta, una comida hecha a la leña, un paseo por tu extenso jardín, un “a ti te pasa con las fotos, lo que a mí con la música”.  Hasta que se despertó la luna llena y tiñó de plata las hojas, la casa, el cielo, vuestras caras… y me quedé medio dormida en el vaivén de una hamaca mientras Pachamama me acunaba cantando una nana de un rumor que no para en cuanto cae la noche en la selva. Y se me iban quedando grabadas todas aquellas horas de palabras y de silencio.

Alfredo quiso acompañarnos en nuestro camino de vuelta. Hablaba con las arañas, conocía las propiedades de cada planta. “Ojalá vuelvan pronto… y les explico más de lo que el bosque me enseñó”.  Cruzamos el umbral de la selva, esta vez al revés, y al lado de un campo amable llamó a Antonio para que nos viniera a buscar con su quad. El cielo empezó a crujir hasta reventar en una lluvia tropical sin tapujos. Nos abrazaste. Traqueteando en el quad de regreso al hostal, “vamos a ver si podemos cruzar ahora el río” . La lluvia  rugía empapándonos la ropa, erizándonos la piel. Empecé a templar, con tanto golpe de agua no podía ni abrir los ojos. Me acordé de tu  abrazo al despedirte, de tu “Feliz cumpleaños”. Y todo cobró sentido, como si la lluvia quisiera limpiar sin pudor a todos los seres vivos, haciendo los miedos más profundos. Quería quedarme ahí. En el bosque, en el verde, en la vida, en el millón de especies creciendo y muriendo. Quería quedarme. No sentía que me iba, sentía que algo me arrancaba de allí. Y del lugar de donde la lluvia estaba acabando con el más incrustado de mis miedos, nacieron setenta lágrimas desgarradas, un grito ahogado y veinte sollozos. Me quería quedar ahí.

Al volver a la ciudad más de una semana después, recuperé su regalo de cumpleaños: una semilla que nos protegiera a los dos, unos pendientes de coco que conservaba de cuando hacía artesanías. Y la sensación de que había creado un espacio en mi mente al que siempre podía volver. Envuelta en verde, con jaguares y monos, en paz, en equilibrio… tumbada en esa hamaca.

[ENG] It’s been exactly one month and 20 days that we crossed an invisible, flexible, absorbent wall that was dividing the pastures from the Costa Rican jungle. And it swallowed us. We walked dodging roots, mud, insects, millions of sounds to which we had to let ourselves go. “Let’s run into whatever it’s necessary to get there”. The dens and sweet smell of fruit, the intense green everywhere, the limitation of the brain to process such a vision of life got me totally drugged. Maybe it was just the way the senses were saturated of so many stimuli. But walking through the jungle, I felt like if that morning all had been pure rock & roll. Drugged. It was in that state of mind when a hidden sensitivity woke up… the one that let us know that something was there even before we saw it. And a group of monkeys quickly crossed the path jumping from branch to branch.

We crossed the river. The rain mixed with our sweat. We reached a clearing and we found you in the middle of the primary forest. In a wooden house built like you, on balance, settling firmly in the land. “Are you coming here alone? You are brave. “

Alfredo decided to follow a dream thirty years ago and he left his life as a musician in San Jose. His dream was immortalized in his dining room in the city, with a picture where someone drew a shack in the woods. He went through the jungle and built his home somewhere an hour walking from the closest village. The house is more or less self-sustaining … and what he can’t get from the forest, he has to carry it walking through the jungle. To accompany her desired solitude, he built a temple to her gods … Led Zeppelin, Rolling Stones, The Beatles … Many of the autographed posters that covered the room, could be sold for a sum of money that would allow him to live for years. But they were needed there … along with the 12-volt transistor from which he showed to the forest that this was his rhythm. That he would stay there.

“Stay here for a night and let’s share,” he said. “We did not bring anything with us…” “And what do you need?” I realized that we needed nothing … and we stayed.

We shared hours of conversation, a waterfall, energy, balance and harmony advises, rock from the 70’s, violet rays, a meal made on a wood kitchen, an extensive tour of your garden, “it happens to you with the photos the same thing than to me with the music”. “Until the full moon woke up and silver stained the leaves, the house, the sky, your faces … I felt half asleep in the swing of a hammock while Pachamama rocked me singing a lullaby composed by the rumor that doesn’t stop when the night falls in the jungle. And all those hours of words and silence started to be recorded in my mind.

Alfredo wanted to come with us on our way back. He spoke with spiders, knew the properties of every plant. “I hope you come back soon … and would explain you more of what the forest taught me.” We crossed the threshold of the forest, this time in reverse, and he called Antonio to come get us with her quad. The sky began to crack to burst in a tropical rain. You hugged us.

Rattling in the quad back to the hostel, “let’s see if we can now cross the river.” The rain roared drenching our clothes. I started to tremble; the rain beat our skins so hard that I couldn’t even open my eyes. I remembered your embrace to say goodbye, your “Happy Birthday”. And it all made sense, as if the rain was cleaning without shame all living things, making even the deepest fears disappear. I wanted to stay there. I wanted to stay in the forest, in the green, in the life, in a million species growing and dying. I wanted to stay. I wasn’t feeling that I was leaving, I felt like if something was forcing me to get out of there. And from the place where the rain was killing the most embedded of my fears, seventy torn tears, a gasp and twenty sobs were born. I wanted to stay there.

When we came back to the city more than a week later, I found again his birthday present: a seed that would protect us both, two coconut earrings kept from the time when he made handicrafts and the feeling that I had a new space in my mind where I could always go back. Wrapped in green, with jaguars and monkeys, in peace, balance … lying in the hammock.

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