De vuelta a Sarajevo

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Mis manos andan intentando poner orden a viejos temas dejados a medias, viejas historias. Mientras tanto, los pies se empiezan a mover solos queriendo viaje; hace unos buenos meses que andan quietos. Los labios les ordenan que se controlen, mientras las ganas les susurran bajito, para que no se les oiga: “a darle candela”. Los ojos siguen siempre perdidos cuando encuentran luces, buscando sin importar si encuentran. Y la cabeza… ¿qué voy a decir de la cabeza?

Así, en este estado misceláneo, voy consiguiendo por fin acabar historias. Hoy arranco con la de una ciudad muy explotada por la necesidad de fotoreporteros, periodistas y fabricantes de noticias vendiendo morbo de tiroteos. Aunque se acabaran hace más de diez años y allí ya no haya guerra en los ojos de nadie. Alimentando comentarios sin sentido cuando hacía las maletas: “Cuidado por ahí que ponen bombas”. Alimentando en mí el pensamiento de que igual haría falta cambiar la cantidad de información por la calidad. O igual sólo sea cuestión de saber filtrar bien… aunque el “bien” dependa siempre del prisma de cada uno. Hoy me detengo en el mío, recuperando imágenes, historias, pensamientos.

La ciudad que encontré se desparramaba en cultura de siglos y lo que es mejor, en ganas de compartirla. Gente que vive, que cuenta, que integra lo que el ritmo de la historia marca en sus calles. Que es mucho… y ni más ni menos que lo que va sucediendo aquí, allí y en todo el mundo. Me hacía incoherentemente feliz cuando todo aquél con quien me cruzaba me hablaba en bosnio; directamente y sin pensarlo… tan acostumbrada estoy a que incluso los habitantes de la ciudad que me vio crecer me hablen en inglés (rubiez engaña). En aquella ciudad, frente a las palabras bosnias, sólo podía asentir. “¿Entiendes algo?” “No, pero no digas nada. Es tanto el placer de sentirme en casa”. El deseo absurdo e infantil de no querer romper la magia.

Aquí queda esta foto inútil, con un carrete a medio pasar y en mi mesa, las otras imágenes y textos que arranqué de la ciudad metida en el valle; de las luces en las colinas que te rodean por la noche; de quienes me cobijaron en un sofá con los brazos abiertos; de las historias de la calle; del adhan al que ya me acostumbro rápido y que me acaba gustando más que las campanas.

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