Un lugar donde regar las plantas

La vecina entonó el transistor hasta llegar a “La Zarzamora”. Podía imaginarla como todas las mañanas asomándose por la ventana del patio de luces, regando los geranios rojos enfundada en su bata de guatiné. “Qué palabra tan fea… guatiné”. El ya clásico olor a cocido empezó a entrar por alguna rendija traicionera de la ventana. Antes del siguiente paso doble, se levantó de la cama.

Saltó sigilosamente por encima de las tres personas que dormían en salón. Bocas abiertas, girones de sábanas que apenas recubrían pieles desnudas. Aire denso de marihuana rancia. “No entiendo qué hace aquí una cuerda de escalada”. Consiguió llegar a la cocina. La luz del mediodía la cegó un poco. Lo único que recordaba con claridad de su llegada a casa era ese deseo no saciado de que le arrancaran el vestido.

“No queda café y me duele la cabeza”. Se sentó encima de la mesa. Empezó a fijarse en el balanceo de sus piernas. Siempre creyó que tenía una más larga que la otra, aunque nunca se lo hubieran dicho. Escuchó pasos en el pasillo. Una desconocida de peinado a los 80, pantalones ceñidos y labios que habían sido rojos, se apoyaba en la pared con una mano mientras con la otra se colocaba el tacón. Pensó “Qué guapa”. Se dijeron adiós. Recordó que anoche él le había llamado “dulce ángel de alas rotas”.

Descubrió a la gata observándola desde la puerta. “Ven…” y de un salto se le acomodó en el regazo. Miró la pila de platos sin fregar. Del salón llegaba el sonido de los que se despiertan y se reconocen. Lo comprobó mirando de reojo el reflejo de la escena en el espejo que habían encontrado hacía unos días en la calle. Como la mesa, las sillas, el sofà. “Me gusta, es gigante. Parece sacado del vestidor de mi abuela”. “Está roto por una esquina”. “Da igual… le dibujaré una tierra agrietada, una llamarada, una mariposa. Quedará bien… se ve vacío el salón desde que él se llevó la estantería”. “Ok, como quieras. Pero pasando de más llamaradas, porfavor”.

Le dolía la cabeza, la gata ronroneaba. Seguía llegándole el sonido de roces reconociéndose en el salón. Tendría que seguir en la cocina un rato más, mirando por la ventana, sentada en la mesa, vistiendo una camiseta de The Doors veinte tallas mayor que la suya. Alguien se la olvidó no se sabía cuando y ella la usaba porque nunca encontraba el pijama. La vecina empezó a cantar una copla sobre una tal Maricruz.

Le dolía la cabeza, la gata ronroneaba. “Ojalá los domingos no se parecieran tanto a una película de Almodóvar”.  Fue justo en ese momento, absorta en el balanceo de sus piernas, cuando empezó a desear lo hasta entonces impensable: un lugar donde poder mandar las cartas, congelar comida, acumular libros. Un lugar donde poder regar las plantas.

Le dolía la cabeza, la gata ronroneaba.

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Fotografías realizadas para la marca de ropa handmade Juanita K.O.

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Amor de gata

A ella le gustaba mirarla caminar. Los pasos sigilosos, lentos, elásticos. El salto ágil encima del sofá, tanteándolo para buscar el mejor espacio donde encajarse, donde acurrucar el cuerpo. Su manera de compartir el espacio. Tan presente, tan clara, tan sutil. “Buenos días, princesa… gata. Gatuna”.

A ella le gustaba observar de reojo la curva del final de su espalda al arquearse en el primer bostezo. El crujir elegante de la columna, acompasada por una piel de vello casi blanco, erizado con el frescor de la mañana. Le gustaba ver su “vengo porque quiero”. Su vibrar al acercarse, su temblor gozoso, su puro ronroneo. Le gustaba rodearla y sentir cómo toda la piel parecía respirar con el gesto.

A ella le gustaba espiarla vertiendo la leche en el café. Dulcemente, con la cabeza ladeada. Le gustaba contemplarla cruzando las piernas mientras leía; moviendo distraídamente los dedos de los pies; mordiéndose la comisura del labio izquierdo cuando algo entre líneas le hacía reflexionar.

Pero había una sola cosa que ella creía poder quedarse observando horas, años, siglos. La ropa deslizándose lentamente desde su cintura al vestirse, ganándole espacio a la luz de la mañana.

“Buenos días, princesa… gata. Gatuna”.

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De vuelta a Sarajevo

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Mis manos andan intentando poner orden a viejos temas dejados a medias, viejas historias. Mientras tanto, los pies se empiezan a mover solos queriendo viaje; hace unos buenos meses que andan quietos. Los labios les ordenan que se controlen, mientras las ganas les susurran bajito, para que no se les oiga: “a darle candela”. Los ojos siguen siempre perdidos cuando encuentran luces, buscando sin importar si encuentran. Y la cabeza… ¿qué voy a decir de la cabeza?

Así, en este estado misceláneo, voy consiguiendo por fin acabar historias. Hoy arranco con la de una ciudad muy explotada por la necesidad de fotoreporteros, periodistas y fabricantes de noticias vendiendo morbo de tiroteos. Aunque se acabaran hace más de diez años y allí ya no haya guerra en los ojos de nadie. Alimentando comentarios sin sentido cuando hacía las maletas: “Cuidado por ahí que ponen bombas”. Alimentando en mí el pensamiento de que igual haría falta cambiar la cantidad de información por la calidad. O igual sólo sea cuestión de saber filtrar bien… aunque el “bien” dependa siempre del prisma de cada uno. Hoy me detengo en el mío, recuperando imágenes, historias, pensamientos.

La ciudad que encontré se desparramaba en cultura de siglos y lo que es mejor, en ganas de compartirla. Gente que vive, que cuenta, que integra lo que el ritmo de la historia marca en sus calles. Que es mucho… y ni más ni menos que lo que va sucediendo aquí, allí y en todo el mundo. Me hacía incoherentemente feliz cuando todo aquél con quien me cruzaba me hablaba en bosnio; directamente y sin pensarlo… tan acostumbrada estoy a que incluso los habitantes de la ciudad que me vio crecer me hablen en inglés (rubiez engaña). En aquella ciudad, frente a las palabras bosnias, sólo podía asentir. “¿Entiendes algo?” “No, pero no digas nada. Es tanto el placer de sentirme en casa”. El deseo absurdo e infantil de no querer romper la magia.

Aquí queda esta foto inútil, con un carrete a medio pasar y en mi mesa, las otras imágenes y textos que arranqué de la ciudad metida en el valle; de las luces en las colinas que te rodean por la noche; de quienes me cobijaron en un sofá con los brazos abiertos; de las historias de la calle; del adhan al que ya me acostumbro rápido y que me acaba gustando más que las campanas.

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Otro post en blanco y negro. Que repetitivo. ¿Por qué no han podido poner esta vez algo con más color, menos uniforme? Aunque si lo miras bien, entre el blanco y el negro hay unas cuantas tonalidades de grises. Y así nos evitamos hablar de colores que en realidad no existen. Como el “color sandía”, por ejemplo… con lo fácil que es decir “rojo”.

Hace unos días me desperté mirando la ciudad y pensé que si tuviera varios enemigos les sentaría uno por uno en una fila. Me pararía enfrente, las piernas bien rectas, separadas lo justo como para impresionar, las manos en jarras, la mirada directa. Me pararía enfrente y les diría que quizás un día se despierten para oír cómo toda la ciudad se está riendo de ellos… y quizás algún día, sea cierto.

Siempre que voy al bosque tengo la misma sensación de perpetuidad. Perpetuidad de él, no de nosotros. Esa tranquilidad medio irónica al saber que me iré y cambiaré, sucederán hechos, experiencias, sentiré, pensaré, me agitaré. Pero el bosque seguirá casi igual por mucho que a mí me suceda. Tan perenne, tan continuo, tan fluido. Siempre pienso en que debería acordarme más del bosque cuando no estoy en él. Siempre pienso que debería acordarme, pero luego siempre se me olvida. Igual que esas rocas amarmoladas, que seguirán exactamente como las veo a pesar de que nos hayamos ido. A pesar de todo lo que nos pase. Por mucho que gritemos, alabemos, resolvamos. Seguirán igual… y es que aquí cada uno va a su rollo. Aquí, en este universo.

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Lo sobrenatural

Es la única persona que conozco a la que le llega el ascensor directamente al recibidor. Uno se siente como en un cuento Roald Dahl (sin villanos ni tiranos), en ese ascensor traqueteante que tarda mil vidas en llegar al sobreático. Al abrir la puerta y entrar directamente a otro mundo de recibidores setenteros, envueltos en un floreado papel. Ella es la única persona que después de 6 años aún recuerda una teoría que me inventé sobre las moléculas de agua, siendo consciente de que una se pierde en las noches de vino y humo. Siendo consciente de que mi único propósito era camelarla para que me dejara retratar el reflejo de la luz subacuática de finales de octubre en su cuerpo. “Eso que me contaste de la molécula de agua me sigue pareciendo alucinante”.

Bailarina de profesión, coreógrafa de intención, costarricense del alma, nos llevó a un recodo en el país verde en el que me encontré con los sentidos embotados. La promesa de volver a un familiar pintor, fundador de la universidad, artista, anciano, ex-revolucionario (si es que ese término puede existir). Promesa de volver de otra manera, comunidades bribis, medicina de hierbas, enseñanzas con el motor del pensamiento en activo. Y ahora ella se me presenta, abriendo la puerta del ascensor, con una curva que alberga un ser, un alien, una vida agena, de 7meses.

“Aquí empieza él y luego, a partir de aquí vengo yo. Mira, mira mi cuerpo… ¿extraño, no? Aquí, aquí empieza él. A partir de esta marca fina en mi barriga, estoy yo. Ahora a ratos nos movemos a dúo. Me muevo y le digo, venga, vamos a darnos la vuelta para el otro lado y él me sigue. Irremediablemente a dúo. Por ahora, por un tiempo, no quiero nada más que esto, modo primitivo. Me sorprende, pero lo quiero. No quiero bailar, no quiero crear, encontrar espacios, residencias, lugares, no más Grec, no más Calderas, no más nada… sólo quiero ser mujer y que se me conceda. Cocinar, cuidarle, estar. Estar y vivir. Ser mujer, y punto y ya está. No me levantes las cejas y ni se te ocurra soltarme algo feminista, que nunca estuve más tranquila. Voy a descansar un tiempo… siendo. Sólo siendo y con mi cuerpo así, como siendo yo pero sólo por la mitad. Sí me absorve, sí. Sí me esclaviza, pero me gusta… ¿extraño no? A través de mi cuerpo, se hace notar, crece y me lo hace saber. Esto no es ni bonito, ni maravilloso, ni fuerte, ni especial, ni distinto, ni extraordinario… esto es sobrenatural. De verdad, esto es sobrenatural. Oye… increíble lo de las moléculas de agua que me contaste”. “Pero si ya te dije que era mentira”. “Ya… ¿pero y si no lo fuera?”

El abuso de los atardeceres

Puedo decir que me doliste. En un lugar que aún no he identificado, medio claro medio oscuro, de emoción más que de carne, me doliste. Todos esos “ya pasó” resbalan… y por fin puedo decir que me doliste.

Busqué dónde se quedó la herida pero ese lugar nunca se había herido antes… y ahora el rasguño está oliendo a cicatriz menos de lo que me gustaría. Pasarán días, semanas, años y dejaré de sentir esto tan poco identificable, con tantos matices que aprendí como puede hacerlo alguien de 80 años con alma de recién parida. Me siento un poco como esa tierra volcánica de aquí enfrente que quiso sobrevivir a un incendio pero tuvo que ver quemar sus árboles. Dramática, sí… pero ya hace un rato que sé que de todo se aprende. Y llegará el día en que me hará gracia saber el por qué de aquél llanto tan unidireccional, tan (solo) mío. Quizás hasta sonría al recordar que me doliste.

Y me sale un Neruda adolescente ahora diciendo “aunque éste sea el último dolor que ella me causa… y estos sean los últimos versos que yo le escribo”

Una cosa així com un homenatge / Algo así como un homenaje

[CAT] Fa temps que intento escriure’t i no puc. Però se que algunes de les paraules que dedico al blau s’escapen buscant-te. Suposo que és absurd que encara esperi un missatge de posta al dia, una foto llunyana, un “m’has revolucionat el poble”.

Somriure sempre afable, mirada desperta i esperit lliure. Ens vèiem poc però mai aturats, sempre amb remull, sempre amb poques ganes de tornar a la superfície. Crec que passaran els anys i seguiré esperant la foto de l’onada capritxosa, el “quan vinguis per aquests mars, avisa”.

Un ésser menys de llum en aquest planeta, un ésser més de llum ves a saber on. I aquella frase que em va venir al cap, com un temporal que s’aixeca d’un minut a un altre. “Al mar, ha estat al mar”. Quina dolorosa sincronia. Crec que tots els que estem a terra ferma volent constantment tornar a l’aigua, en algun moment des de que no hi ets hem pensat que pot arribar qualsevol dia en què un gir capritxós ens faci venir a trobar-te.

Perdona si no m’he vist amb cor d’anar al teu homenatge. D’aquell mateix lloc d’on van sortir amb la barca recordant-te, em quedo amb com érets en el moment en el que vas parar el motor. Et vas fer enrera al seient amb un suspir, somrient, els braços a la nuca. “Ara ets tot un marquès” “Aquest silenci és el que més m’agrada”. A partir de llavors sempre m’enviaves “petons enmig del mar en calma”.

Permet-me que no m’ho cregui… i que es segueixin escapant algunes de les paraules que dic al blau, buscant-te.

[CAS] Hace tiempo que intento escribirte y no puedo. Pero sé que algunas de las palabras que dedico al azul se escapan buscándote. Supongo que es absurdo que aún espere un mensaje de puesta al día, una foto lejana, un “me has revolucionado el pueblo”.

Sonrisa siempre afable, mirada despierta y espíritu libre. Nos veíamos poco pero nunca parados, siempre en remojo, siempre con pocas ganas de volver a la superficie. Creo que pasarán los años y seguiré esperando la foto de una ola caprichosa, el “cuando vengas por estos mares, avisa”.

Un ser menos de luz en este planeta, un ser más de luz vete a saber dónde. Y aquella frase que me vino a la cabeza, como un temporal que se levanta de un minuto a otro. “En el mar, ha sido en el mar”. Qué dolorosa sincronía. Creo que todos los que estamos en tierra firme queriendo constantemente volver al agua, en algún momento desde que no estás hemos pensado que puede llegar cualquier día en el que un giro caprichoso nos haga venir a encontrarte.

Perdona si no me he visto capaz de ir a tu homenaje. De ese mismo lugar de donde salieron con la barca recordándote, me quedo con cómo eras en el momento en el que paraste el motor. Te reclinaste en el asiento con un suspiro, sonriendo, los brazos en la nuca. “Ahora eres todo un marqués” “Este silencio es lo que más me gusta”. A partir de entonces siempre mandabas besos en medio del mar en calma.

Permíteme que no me lo crea … y que se sigan escapando algunas de las palabras que digo al azul, buscándote.