Je veux

Todo llega a su debido momento. Como cuando esta canción tocó la puerta de un encierro.

Me vi vendiendo más que sintiendo. Imágenes refritas en todas las páginas, en todas las paredes, en todas las miradas. Hipotecando lo auténtico entre tanto “Me gusta” en aras de un posible trabajo que te catapultará a seguir sobreviviendo. Siento que gran parte de lxs fotógrafxs sonamos como esos hits de los 40, que no te gustan pero de tanto escucharlos, acabas por sabértelos. Tantas melodías únicas se desperdician, quizás por no atreverse a sacar la voz desde dentro.

Por eso, a partir de ahora quiero cambiarme hasta el nombre. Quiero volver al papel, a mancharme las manos, a tragar agua, a reírme con ganas, a volver a andar ligera. Por eso a partir de ahora y por el momento, si me queréis encontrar podréis hacerlo en la nueva página de Facebook: https://www.facebook.com/pages/Lauradepedro (sí haré web… cuando me apetezca).

Que el 2014 os haya ayudado a desprenderos de lo que no os sirve. Que el 2015 sea una buena excusa para llenaros de nuevo.

Un lugar donde regar las plantas

La vecina entonó el transistor hasta llegar a “La Zarzamora”. Podía imaginarla como todas las mañanas asomándose por la ventana del patio de luces, regando los geranios rojos enfundada en su bata de guatiné. “Qué palabra tan fea… guatiné”. El ya clásico olor a cocido empezó a entrar por alguna rendija traicionera de la ventana. Antes del siguiente paso doble, se levantó de la cama.

Saltó sigilosamente por encima de las tres personas que dormían en salón. Bocas abiertas, girones de sábanas que apenas recubrían pieles desnudas. Aire denso de marihuana rancia. “No entiendo qué hace aquí una cuerda de escalada”. Consiguió llegar a la cocina. La luz del mediodía la cegó un poco. Lo único que recordaba con claridad de su llegada a casa era ese deseo no saciado de que le arrancaran el vestido.

“No queda café y me duele la cabeza”. Se sentó encima de la mesa. Empezó a fijarse en el balanceo de sus piernas. Siempre creyó que tenía una más larga que la otra, aunque nunca se lo hubieran dicho. Escuchó pasos en el pasillo. Una desconocida de peinado a los 80, pantalones ceñidos y labios que habían sido rojos, se apoyaba en la pared con una mano mientras con la otra se colocaba el tacón. Pensó “Qué guapa”. Se dijeron adiós. Recordó que anoche él le había llamado “dulce ángel de alas rotas”.

Descubrió a la gata observándola desde la puerta. “Ven…” y de un salto se le acomodó en el regazo. Miró la pila de platos sin fregar. Del salón llegaba el sonido de los que se despiertan y se reconocen. Lo comprobó mirando de reojo el reflejo de la escena en el espejo que habían encontrado hacía unos días en la calle. Como la mesa, las sillas, el sofà. “Me gusta, es gigante. Parece sacado del vestidor de mi abuela”. “Está roto por una esquina”. “Da igual… le dibujaré una tierra agrietada, una llamarada, una mariposa. Quedará bien… se ve vacío el salón desde que él se llevó la estantería”. “Ok, como quieras. Pero pasando de más llamaradas, porfavor”.

Le dolía la cabeza, la gata ronroneaba. Seguía llegándole el sonido de roces reconociéndose en el salón. Tendría que seguir en la cocina un rato más, mirando por la ventana, sentada en la mesa, vistiendo una camiseta de The Doors veinte tallas mayor que la suya. Alguien se la olvidó no se sabía cuando y ella la usaba porque nunca encontraba el pijama. La vecina empezó a cantar una copla sobre una tal Maricruz.

Le dolía la cabeza, la gata ronroneaba. “Ojalá los domingos no se parecieran tanto a una película de Almodóvar”.  Fue justo en ese momento, absorta en el balanceo de sus piernas, cuando empezó a desear lo hasta entonces impensable: un lugar donde poder mandar las cartas, congelar comida, acumular libros. Un lugar donde poder regar las plantas.

Le dolía la cabeza, la gata ronroneaba.

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Fotografías realizadas para la marca de ropa handmade Juanita K.O.

El otro lado del colchón

“Deja un poco abierta la puerta…que corra el aire” Así fue como entró de golpe el olor de viejos pasos. Él empezó a reseguir con el pulgar manchas de otros tiempos en el colchón. “Algunos corazones sedientos gotean… ya sabes”. Pero en la plataforma de látex, una sola forma, un único hueco apenas marcado. Como queriendo hacerle un molde a ese cuerpo tan menudo. Un solo hueco, en un solo lado. “Aunque duerma sola, nunca me acostumbro a ocuparla toda”. Al otro lado del colchón, el espacio sin marcas delataba el pensamiento de que todo llega si se le deja un lugar.

Lucha lenta de tendones. Descubrirse desnudos, hablándose. Melancolía de humo que ascendía perezosa y lánguida hasta llenar el techo. El pelo de ella llevaba meses, años, con muchos afanes enredados. Hacía tiempo que no se peinaba. Sencillamente, no le daba la gana.

“Esta noche, quédate”. Y él ocupó rincones, cafés, cenas, cines. Emociones de segunda mano. Ella creió que uno de esos días él, quizás, podría llegar a desenredarle el pelo.

“Esta noche… quédate”.

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Distracciones

Ando algo seca de palabras, justo en el momento en que las necesito. Caprichos neuronales o Leyes de Murphy. Quien lo diría… como cuando se abraza un cuerpo por inercia, sin apenas ganas de tocarlo, cuando en otros meses la sed de él no te dejaba dormir. Ha llegado el momento de ir aceptando la naturaleza oscilatoria de todo un poco.

En un quiero y no puedo me resulta fácil distraerme y encuentro imágenes que son sólo eso, distracciones. Doble exposición en un evento de Converse. Cruces accidentales de color, personas y sombras, saltos e intenciones. Por probar, que no quede.

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De vuelta a Sarajevo

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Mis manos andan intentando poner orden a viejos temas dejados a medias, viejas historias. Mientras tanto, los pies se empiezan a mover solos queriendo viaje; hace unos buenos meses que andan quietos. Los labios les ordenan que se controlen, mientras las ganas les susurran bajito, para que no se les oiga: “a darle candela”. Los ojos siguen siempre perdidos cuando encuentran luces, buscando sin importar si encuentran. Y la cabeza… ¿qué voy a decir de la cabeza?

Así, en este estado misceláneo, voy consiguiendo por fin acabar historias. Hoy arranco con la de una ciudad muy explotada por la necesidad de fotoreporteros, periodistas y fabricantes de noticias vendiendo morbo de tiroteos. Aunque se acabaran hace más de diez años y allí ya no haya guerra en los ojos de nadie. Alimentando comentarios sin sentido cuando hacía las maletas: “Cuidado por ahí que ponen bombas”. Alimentando en mí el pensamiento de que igual haría falta cambiar la cantidad de información por la calidad. O igual sólo sea cuestión de saber filtrar bien… aunque el “bien” dependa siempre del prisma de cada uno. Hoy me detengo en el mío, recuperando imágenes, historias, pensamientos.

La ciudad que encontré se desparramaba en cultura de siglos y lo que es mejor, en ganas de compartirla. Gente que vive, que cuenta, que integra lo que el ritmo de la historia marca en sus calles. Que es mucho… y ni más ni menos que lo que va sucediendo aquí, allí y en todo el mundo. Me hacía incoherentemente feliz cuando todo aquél con quien me cruzaba me hablaba en bosnio; directamente y sin pensarlo… tan acostumbrada estoy a que incluso los habitantes de la ciudad que me vio crecer me hablen en inglés (rubiez engaña). En aquella ciudad, frente a las palabras bosnias, sólo podía asentir. “¿Entiendes algo?” “No, pero no digas nada. Es tanto el placer de sentirme en casa”. El deseo absurdo e infantil de no querer romper la magia.

Aquí queda esta foto inútil, con un carrete a medio pasar y en mi mesa, las otras imágenes y textos que arranqué de la ciudad metida en el valle; de las luces en las colinas que te rodean por la noche; de quienes me cobijaron en un sofá con los brazos abiertos; de las historias de la calle; del adhan al que ya me acostumbro rápido y que me acaba gustando más que las campanas.

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Otro post en blanco y negro. Que repetitivo. ¿Por qué no han podido poner esta vez algo con más color, menos uniforme? Aunque si lo miras bien, entre el blanco y el negro hay unas cuantas tonalidades de grises. Y así nos evitamos hablar de colores que en realidad no existen. Como el “color sandía”, por ejemplo… con lo fácil que es decir “rojo”.

Hace unos días me desperté mirando la ciudad y pensé que si tuviera varios enemigos les sentaría uno por uno en una fila. Me pararía enfrente, las piernas bien rectas, separadas lo justo como para impresionar, las manos en jarras, la mirada directa. Me pararía enfrente y les diría que quizás un día se despierten para oír cómo toda la ciudad se está riendo de ellos… y quizás algún día, sea cierto.

Siempre que voy al bosque tengo la misma sensación de perpetuidad. Perpetuidad de él, no de nosotros. Esa tranquilidad medio irónica al saber que me iré y cambiaré, sucederán hechos, experiencias, sentiré, pensaré, me agitaré. Pero el bosque seguirá casi igual por mucho que a mí me suceda. Tan perenne, tan continuo, tan fluido. Siempre pienso en que debería acordarme más del bosque cuando no estoy en él. Siempre pienso que debería acordarme, pero luego siempre se me olvida. Igual que esas rocas amarmoladas, que seguirán exactamente como las veo a pesar de que nos hayamos ido. A pesar de todo lo que nos pase. Por mucho que gritemos, alabemos, resolvamos. Seguirán igual… y es que aquí cada uno va a su rollo. Aquí, en este universo.

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Lo sobrenatural

Es la única persona que conozco a la que le llega el ascensor directamente al recibidor. Uno se siente como en un cuento Roald Dahl (sin villanos ni tiranos), en ese ascensor traqueteante que tarda mil vidas en llegar al sobreático. Al abrir la puerta y entrar directamente a otro mundo de recibidores setenteros, envueltos en un floreado papel. Ella es la única persona que después de 6 años aún recuerda una teoría que me inventé sobre las moléculas de agua, siendo consciente de que una se pierde en las noches de vino y humo. Siendo consciente de que mi único propósito era camelarla para que me dejara retratar el reflejo de la luz subacuática de finales de octubre en su cuerpo. “Eso que me contaste de la molécula de agua me sigue pareciendo alucinante”.

Bailarina de profesión, coreógrafa de intención, costarricense del alma, nos llevó a un recodo en el país verde en el que me encontré con los sentidos embotados. La promesa de volver a un familiar pintor, fundador de la universidad, artista, anciano, ex-revolucionario (si es que ese término puede existir). Promesa de volver de otra manera, comunidades bribis, medicina de hierbas, enseñanzas con el motor del pensamiento en activo. Y ahora ella se me presenta, abriendo la puerta del ascensor, con una curva que alberga un ser, un alien, una vida agena, de 7meses.

“Aquí empieza él y luego, a partir de aquí vengo yo. Mira, mira mi cuerpo… ¿extraño, no? Aquí, aquí empieza él. A partir de esta marca fina en mi barriga, estoy yo. Ahora a ratos nos movemos a dúo. Me muevo y le digo, venga, vamos a darnos la vuelta para el otro lado y él me sigue. Irremediablemente a dúo. Por ahora, por un tiempo, no quiero nada más que esto, modo primitivo. Me sorprende, pero lo quiero. No quiero bailar, no quiero crear, encontrar espacios, residencias, lugares, no más Grec, no más Calderas, no más nada… sólo quiero ser mujer y que se me conceda. Cocinar, cuidarle, estar. Estar y vivir. Ser mujer, y punto y ya está. No me levantes las cejas y ni se te ocurra soltarme algo feminista, que nunca estuve más tranquila. Voy a descansar un tiempo… siendo. Sólo siendo y con mi cuerpo así, como siendo yo pero sólo por la mitad. Sí me absorve, sí. Sí me esclaviza, pero me gusta… ¿extraño no? A través de mi cuerpo, se hace notar, crece y me lo hace saber. Esto no es ni bonito, ni maravilloso, ni fuerte, ni especial, ni distinto, ni extraordinario… esto es sobrenatural. De verdad, esto es sobrenatural. Oye… increíble lo de las moléculas de agua que me contaste”. “Pero si ya te dije que era mentira”. “Ya… ¿pero y si no lo fuera?”