ANTES, APENAS LLEGABA A UN SITIO, YA QUERÍA ESTAR EN OTRO. Con las maletas echas y el alma de viaje incluso antes de empezar a andar. Pero a fuerza de deshojar un calendario de tantos meses sin hogar, uno enloquece un poco. Se cansa un mucho. Se satura de añoranza por algo que no tiene: un lugar donde llegar.
Un lugar donde el ritmo se vuelva guasón, liviano pero sin prisa. Un espacio donde dejar los zapatos al entrar. Dejar la ropa al entrar. Dejar la compostura al entrar. Dejar cualquier cosa que nos sea ajena… al entrar.
Un lugar donde por fin respirar a gusto. Un lugar que huela a guiso casero, a ropa recién lavada, a calor de ti, a palomitas y peli , a café por la mañana, a manta, a bizcocho, a beso en el hombro. Un lugar donde cambiar las cosas de sitio, donde pintar paredes, donde desordenar y ordenar de nuevo. Un lugar donde invitar a amigos y poder decir “¡Dónde vas a estas horas! Quédate a dormir”. Un lugar donde el cerebro encuentre un espacio en el que crear en paz. Un lugar donde cocinar rico con un poco de música y un vaso de vino. Un lugar donde se quede tu estela de ducha al salir corriendo por la puerta. Un lugar donde desparramar papeles, revistas, escritos, ideas, sobre una mesa y empezar a trabajar. Un lugar donde andar con las puntas de los pies para asustarte cuando estás girado haciendo la cama. Un lugar donde repasar fotos, donde escribir, donde encender velas. Un lugar desde donde puedas decir: “Hoy no salgo” y algo se relaje dentro. Un lugar donde dejar notas, dibujos, trozos de chocolate. Un lugar donde desempolvar los recuerdos y que no duelan. Porque ya estás tranquila, ya estás en casa.
Después de meses de entrar y salir corriendo…más que querer, uno necesita, desea, pide… sin importar la forma, el tamaño, la estructura… ese lugar.


































































